Recuerdo que un día, hojeando una de las enciclopedias que teníamos en casa, encontré una fotografía a todo color del Doríforo de Policleto. Estaba pegada a toda página como un cromo de coleccionable.
Me quedé prendado de aquella escultura. Me fascinaban sus proporciones, el equilibrio de la figura, la armonía entre cada una de sus partes. Aquel cuerpo parecía responder a un canon de perfección cuidadosamente pensado. Era, para mí, la representación de un cuerpo masculino perfecto.
Años después tuve la oportunidad de contemplarlo frente a mí. Y la sensación fue todavía más intensa. Una cosa es contemplar una fotografía en una enciclopedia y otra encontrarte delante de la escultura, observar sus dimensiones, su postura, la musculatura, el equilibrio del cuerpo y todos esos detalles que una fotografía apenas puede transmitir.
| Doríforo de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (MANN) |
Pero hoy miro de otra manera. Quizá porque con los años he aprendido que la belleza no tiene por qué ajustarse a un canon.
Ahora, cuando estoy en una playa nudista, también miro. Pero no busco el cuerpo perfecto, ni las proporciones ideales, ni la musculatura exacta, ni la juventud que durante tantos siglos hemos asociado a la belleza masculina.
Me gusta contemplar la belleza personal de cada uno. Un cuerpo grande, pequeño, delgado, musculoso, envejecido, con cicatrices, con barriga, con arrugas… Cada cuerpo tiene su propia historia. Y quizá precisamente ahí está su belleza.
En una playa nudista desaparece buena parte de aquello que utilizamos para construir nuestra imagen ante los demás. No hay ropa que oculte, pero tampoco debería haber necesidad de esconderse. Los cuerpos aparecen tal como son, diferentes entre sí, imperfectos y, precisamente por eso, auténticos.
Y entonces pienso en el Doríforo. Durante siglos hemos buscado el cuerpo ideal. Hemos establecido cánones, proporciones y modelos de belleza. Pero la vida real nunca ha sido una escultura de mármol. La vida está hecha de cuerpos diferentes. Y hoy me interesa mucho más esa diversidad.
Ahora puedo contemplar un cuerpo sin preguntarme si cumple un canon de belleza. Puedo encontrar atractivo en una mirada, en una sonrisa, en una manera de caminar, en la naturalidad con la que alguien se muestra, en la seguridad o incluso en la vulnerabilidad que transmite.
| Varias personas practican nudismo en una playa catalana. Federació Naturista-Nudista de Catalunya. |
Quizá ese sea también otro aprendizaje de mi propio viaje. De estudiante me fascinaba el cuerpo perfecto del Doríforo. Hoy me fascinan los cuerpos imperfectamente perfectos de las personas reales.
Posiblemente entre una cosa y otra haya ocurrido algo mucho más importante, he aprendido que la belleza no está únicamente en aquello que se ajusta a un modelo. Está también en aquello que nos hace únicos. Porque el verdadero canon de belleza no es un cuerpo perfecto. Es sentirse bien dentro del cuerpo que tenemos y permitir que los demás también puedan sentirse bien dentro del suyo.
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