miércoles, 29 de julio de 2026

APRENDER A DEJARSE MIRAR


Hacía casi un año que no pasaba tanto tiempo en una playa nudista. Las últimas veces fueron un llegar, estar apenas media hora y salir casi a toda prisa. En esta ocasión hasta me llevé la silla con brazos para disfrutar sin pringarme de arena. Desde que regeneraron la playa, se cuela por todas partes y cuesta desprenderse de ella.




Sentado con las piernas estiradas, miraba a mi viejo amigo, el mar, y él me miraba a mí. Al cabo de un rato me adentré en sus brazos buscando sus caricias, cálidas y húmedas. Dejé que el agua abrazara mi cuerpo recorriéndome con sus dedos de agua una y otra vez, como si supieran dónde rozar para deshacer las tensiones que llevaba conmigo. Durante unos instantes solo existíamos él y yo.


Cuando el mar terminó de acariciarme, regresé despacio a la orilla, con la piel aún salada y el cuerpo envuelto en una calma difícil de explicar. Me dejé secar al sol. Ruborizado, le di la espalda a mi amigo para ver las dunas y la gente nueva que llegaba entre los palos que marcan el camino. Entonces ocurrió algo que, hace no tanto, me habría resultado imposible. Miré sin prisa a quienes compartían la playa conmigo. Hombres y mujeres. Cuerpos distintos, edades distintas, historias distintas. No buscaba comparar ni juzgar, simplemente contemplar. Y también me dejé mirar.




Alguna mirada se cruzó con la mía. Unas fueron fugaces, otras sostuvieron el instante apenas un segundo más. Yo, por costumbre, apartaba los ojos enseguida. No por vergüenza de estar desnudo, sino porque todavía estoy aprendiendo que dejarse mirar también es una forma de aceptarse.


La única conversación del día fue con un italiano cuya piel dibujaba más tonos rojizos que el propio atardecer. Solo quería saber la hora.


Tres horas más tarde, mientras recogía mis cosas comprendí que quizá eso era lo que el mar llevaba toda la tarde intentando enseñarme.


Él se deja contemplar sin pudor. Se ofrece inmenso, cambiante, vulnerable y fuerte al mismo tiempo. Y devuelve la mirada en cada ola mansa que muere sobre la orilla, como recordándonos que la desnudez no empieza cuando nos quitamos la ropa, sino cuando dejamos de escondernos de la mirada de los demás... y de la nuestra.

martes, 28 de julio de 2026

EL VÉRTIGO DE DAR UN PASO MÁS




Atardece. Es esa hora en la que el ruido baja y la cabeza se deja llevar por los colores de la tarde y el revoloteo de los pájaros que se acercan a beber a la fuente. Pienso, reflexiono, doy vueltas a las cosas... tal vez demasiadas. Incluso miro el horizonte a través de los prismáticos, buscando una señal, un punto de referencia que me recuerde cuál es el siguiente paso en este viaje.


Este verano se está removiendo algo en mí.


Dicen que vivimos un tiempo de cambios, de ser sinceros con nosotros mismos, de buscar nuestra verdad. Y, casi sin darme cuenta, este mes de julio me he encontrado haciéndome preguntas que creía resueltas. Intento distinguir qué nace del deseo y qué nace del miedo; qué responde a una necesidad real y qué es solo el vértigo de abandonar la zona conocida.


Hace unos días surgió una invitación inesperada: pasar una tarde en una piscina, practicar nudismo junto a otros hombres, compartir un espacio donde el cuerpo deja de ser un disfraz y se convierte, simplemente, en presencia. Algo que suelo hacer en la playa. Sobre el papel parecía una experiencia más dentro de este camino de descubrimiento. Sin embargo, en cuanto imaginé la posibilidad de decir «sí», el miedo volvió a sentarse a mi lado.


Hablo con personas que me atraen. Conversaciones que fluyen, complicidades que surgen casi sin buscarlas. Pero cuando aparece la posibilidad de dar un paso más, aparece también esa voz que pregunta si merece la pena. No es un miedo fácil de explicar. No sé si es miedo a cruzar un límite, a romper un equilibrio que tanto ha costado construir o, simplemente, a descubrir que la realidad no se parece a la fantasía.


Hay momentos en los que siento que este viaje, el de un hombre casado que decidió mirar de frente su bisexualidad, ha llegado a una encrucijada. No porque se haya terminado, sino porque empiezo a preguntarme si debo seguir recorriéndolo por el mismo camino o atreverme a abrir la puerta a nuevas sensaciones, nuevas experiencias y, quizá, nuevas formas de entenderme.


Quizá el reto no sea ir a esa piscina. Ni aceptar o rechazar una invitación. Quizá el verdadero reto sea entender por qué algo que deseo también me asusta. Qué parte de mí quiere avanzar y qué parte sigue necesitando protegerse.


No tengo respuestas cerradas. Y quizá ese sea precisamente el sentido de este blog. No contar un destino, sino compartir un camino. Un camino en el que descubrirse implica aceptar que uno cambia, que las certezas se mueven y que abrirse a nuevas posibilidades no significa renunciar a lo vivido, sino integrarlo en la persona que eres hoy.


¿Qué hacer? No lo sé todavía. Pero cada vez tengo más claro que la peor decisión sería dejar de escucharme por miedo a lo que pueda encontrar. Porque, al fin y al cabo, este viaje nunca ha consistido en llegar a un lugar, sino en atreverme a caminar con honestidad.


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Las fotografías proceden de Internet, y no se cita al autor por no indicarse en el lugar de origen su autoría y procedencia. En caso de incumplimiento involuntario de algún derecho se retirará

MANOS ENTRELAZADAS

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