Hacía casi un año que no pasaba tanto tiempo en una playa nudista. Las últimas veces fueron un llegar, estar apenas media hora y salir casi a toda prisa. En esta ocasión hasta me llevé la silla con brazos para disfrutar sin pringarme de arena. Desde que regeneraron la playa, se cuela por todas partes y cuesta desprenderse de ella.
Sentado con las piernas estiradas, miraba a mi viejo amigo, el mar, y él me miraba a mí. Al cabo de un rato me adentré en sus brazos buscando sus caricias, cálidas y húmedas. Dejé que el agua abrazara mi cuerpo recorriéndome con sus dedos de agua una y otra vez, como si supieran dónde rozar para deshacer las tensiones que llevaba conmigo. Durante unos instantes solo existíamos él y yo.
Cuando el mar terminó de acariciarme, regresé despacio a la orilla, con la piel aún salada y el cuerpo envuelto en una calma difícil de explicar. Me dejé secar al sol. Ruborizado, le di la espalda a mi amigo para ver las dunas y la gente nueva que llegaba entre los palos que marcan el camino. Entonces ocurrió algo que, hace no tanto, me habría resultado imposible. Miré sin prisa a quienes compartían la playa conmigo. Hombres y mujeres. Cuerpos distintos, edades distintas, historias distintas. No buscaba comparar ni juzgar, simplemente contemplar. Y también me dejé mirar.
Alguna mirada se cruzó con la mía. Unas fueron fugaces, otras sostuvieron el instante apenas un segundo más. Yo, por costumbre, apartaba los ojos enseguida. No por vergüenza de estar desnudo, sino porque todavía estoy aprendiendo que dejarse mirar también es una forma de aceptarse.
La única conversación del día fue con un italiano cuya piel dibujaba más tonos rojizos que el propio atardecer. Solo quería saber la hora.
Tres horas más tarde, mientras recogía mis cosas comprendí que quizá eso era lo que el mar llevaba toda la tarde intentando enseñarme.
Él se deja contemplar sin pudor. Se ofrece inmenso, cambiante, vulnerable y fuerte al mismo tiempo. Y devuelve la mirada en cada ola mansa que muere sobre la orilla, como recordándonos que la desnudez no empieza cuando nos quitamos la ropa, sino cuando dejamos de escondernos de la mirada de los demás... y de la nuestra.











