Cuando hablo de descubrimiento no me refiero solamente a descubrir artistas, obras, estilos o épocas. Hablo de descubrirnos a nosotros mismos a través de aquello que contemplamos.
Desde niño he sentido una atracción especial por el arte. La pintura, la escultura, la música, la lectura… Siempre ha habido algo en esas expresiones artísticas que me atrapaba.
Cuando hojeaba los libros de Historia del Arte o preparaba algún trabajo para clase, aparecían ante mí desnudos integrados en pinturas épicas, escenas mitológicas y representaciones de la vida cotidiana. Recuerdo que me atraía contemplar aquellos cuerpos, tanto de hombres como de mujeres, desnudos y mostrados sin pudor, como algo completamente natural.
| El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli, pintada hacia 1485 y conservada en la Galería de los Uffizi de Florencia |
Estoy casi seguro de que, sin saberlo, mi mente se estaba formando también en esa naturalidad ante el cuerpo desnudo. No había nada extraño en ello. Un cuerpo desnudo era simplemente un cuerpo desnudo. Una parte más de la obra de arte.
Más tarde, cuando empecé a visitar museos, aquella fascinación aumentó. Podía quedarme contemplando durante mucho tiempo una pintura o una escultura, fijándome en cada detalle, la postura, la musculatura, las proporciones, los pliegues de la piel, la manera en que el artista había conseguido representar el movimiento o la serenidad de un cuerpo.
Y, sin embargo, durante mucho tiempo nunca pensé que aquello tuviera ninguna relación con mi propia sexualidad. Incluso he discutido muchas veces sobre el cuerpo humano, sobre la belleza del cuerpo masculino frente al femenino, sobre las proporciones, sobre lo que hace que un cuerpo nos parezca bello o armonioso.
Lo hacía desde la curiosidad, desde el interés por el arte, desde la admiración por la capacidad de un artista para representar el cuerpo humano. Nunca pensé que quizá, debajo de todo aquello, también hubiera algo más.
Ahora, mirando las cosas con la perspectiva que me da el tiempo, me pregunto si realmente era así.
Lo que sí sé es que ahora todo ha cambiado. Hoy puedo mirar hacia atrás y pensar que, sin darme cuenta, estaba sembrando pequeñas semillas. Semillas que permanecieron allí durante años, aparentemente dormidas, mientras yo seguía creciendo, aprendiendo, construyendo mi vida y tratando de entender quién era. Y quizá algunas de aquellas semillas han terminado germinando con el paso del tiempo.
Tal vez por eso hoy puedo contemplar el Doríforo de Policleto, para mi la perfección de un cuerpo en piedra, de una manera diferente. No solamente como una de las grandes obras de la escultura clásica, ni únicamente como una representación del ideal de belleza masculina, sino también como parte de un viaje personal que comenzó mucho antes de que yo pudiera ponerle nombre.
| Doríforo de Pompeya, Museo Arqueológico Nacional de Nápoles (MANN) |
Durante años pensé que simplemente estaba mirando arte. Ahora me pregunto si, de alguna manera, también estaba aprendiendo a mirar. A mirar el cuerpo sin culpa, a mirar la belleza sin miedo. Y quizá, sin saberlo, también estaba aprendiendo a mirarme a mí mismo.
El arte puede enseñarnos muchas cosas. Pero quizá una de las más importantes sea enseñarnos a descubrir quiénes somos. Y ese, al fin y al cabo, también es un viaje.
Las fotografías proceden de Internet, y no se cita al autor por no indicarse en el lugar de origen su autoría y procedencia. En caso de incumplimiento involuntario de algún derecho se retirará







