Hay momentos en los que la intimidad alcanza un lugar al que el sexo nunca puede llegar. Momentos en los que no hace falta desear el cuerpo del otro para sentirse profundamente unido a él, porque basta con su presencia, con un gesto, con el simple hecho de estar juntos.
Cuando la película terminó, seguíamos con las manos entrelazadas. No había pasado nada extraordinario y, sin embargo, recuerdo sentirme como el hombre más feliz del mundo. Tú me dijiste que sentías lo mismo.
Aquella tarde entendí que la intimidad no siempre está en desnudarse, ni en el deseo, ni siquiera en tocarse. A veces está en poder estar junto a alguien sin necesitar nada más. Solo tú, yo, nuestras manos entrelazadas y esa sensación de estar exactamente donde quería estar.
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