miércoles, 5 de agosto de 2026

EN BUSCA DE MI AMIGO EL MAR


La toalla queda atrás, extendida sobre la arena y resguardada bajo la sombra de la sombrilla, como una silenciosa testigo de mi breve ausencia. El murmullo de la playa me acompaña mientras avanzo despacio, sintiendo cómo la arena cálida se desliza entre mis pies. Cada paso parece desprenderme un poco más de las prisas, de las preocupaciones y del ruido que la vida cotidiana acumula en el alma.


Frente a mí, el mar se extiende inmenso, sereno y eterno, invitándome a acercarme. Sus aguas brillan bajo la luz del sol como un manto de cristales en movimiento, y el vaivén de las olas dibuja una melodía antigua que solo el corazón sabe interpretar. Camino hacia la orilla con la emoción de quien se reencuentra con un viejo amigo, uno de esos que nunca juzgan, que siempre esperan y que, con solo su presencia, son capaces de devolver la paz.


Cuando la primera ola alcanza mis pies, siento el fresco de su abrazo y sonrío. Es el saludo de mi amigo el mar, que me recibe con la ternura de sus besos salados y la fuerza serena de su inmensidad. Poco a poco me adentro en sus aguas, dejando que cada ola acaricie mi piel y se lleve consigo el cansancio, las inquietudes y los pensamientos que pesan más de la cuenta.


Allí, rodeado por el horizonte infinito y el rumor constante del agua, el tiempo parece detenerse. Solo existen el cielo, el mar y yo, unidos en un instante de perfecta armonía. Respiro profundamente, cierro los ojos y agradezco este encuentro, porque el mar tiene el extraño don de recordarme quién soy cuando el mundo intenta que lo olvide. En su inmensidad encuentro refugio, libertad y silencio; un silencio lleno de vida que habla directamente al corazón y me invita, una vez más, a regresar a la orilla de mí mismo.



1 comentario:

Gracias por compartir este viaje

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