viernes, 26 de septiembre de 2014

Adiós verano


La vida te ofrece momentos sublimes, y está semana he vivido varios de ellos. Sin haberlo programado me encontré el lunes despidiendo el verano en la playa de mis sueños, ¡si! aquella en la que descubrí mi doble alma en un mes de septiembre de hace seis años.

Sin proyectar nada, sin mover nada, simplemente que tenía que emprender un largo viaje hacia el sur en coche, solo, para encontrarme con mi mujer que estaba de viaje de trabajo, y que mejor que una escala de unas horas en un lugar tan energético y mágico como es el Cabo de Gata.

Al llegar, lo primero que tuve que hacer es buscar un lugar donde pasar la noche. No tenía reserva en ningún sitio, ya que fue todo tan valenciano, como decimos nosotros “pensat i fet”, es decir pensado y hecho, que ni hubo tiempo para ello.

No me lo podía creer, después de cinco años volvía a ver la tierra que me encandilo con sus blancas casas, sus rojizos, negros o amarillos terrones, sus agaves, pitas o palmitos, y sobre todo su mar, tan trasparente, tanto como el alma de una persona enamorada.


Fue llegar, cambiarme con la rapidez del vértigo y marcharme nervioso y anhelante en busca de mi amada playa del Barronal. El camino de tierra se mostraba abierto a mis sentidos. La bahía de los Genoveses cautivaba espléndida con sus aguas quietas, punteada por bañistas que buscaban esperanzados retener aún al verano. Unos metros más allá comencé a ver los coches que señalaban el lugar donde debía aparcar, ahora estaba todo muy señalizado y por tanto acotado. No daba crédito a las sensaciones que estaba viviendo. Me sentía feliz.



A primera hora de la tarde, el largo camino de arena hacía la playa se volvía pesado, como si costase dar pasos sobre los deslizantes granos, pero el sonido del mar me advirtió de su cercanía y aceleré el paso.  

Allí estaba, aún hermosa, aunque extraña para mí. No la recordaba así, dividida en tres partes con otras tres lenguas de arena que lamían incesantemente el agua del mar. Casi sin mirar a los nudistas que allí había, dirigí mis pasos hacía la izquierda para ascender por aquellas piedras que habrían de llevarme al lugar de mis principios.

Me costó reconocerlas, parecían otras, pero las superé con ganas, y entonces llegó mi sorpresa, inmediatamente habría otra pétrea barrera, y pequeñas calas de un par de metros de arena. No comprendía nada. ¿Dónde estaba mi playa, aquella en la que un hombre me hizo más hombre? No quise seguir ascendiendo y descendiendo por piedras sin arena, y al darme la vuelta me topé con un hombre que seguía mi camino. 

Le pregunté y me dijo con acento extranjero que el viento de Levante se había llevado casi toda la playa, dejando pequeñas calas, algunas tan pequeñas que solo ocupaban un par de metros La decepción asomó a mi rostro, mientras retrocedía en mis pasos. 

De repente, caminando por encima de las piedras, vi a un hombre de unos cuarenta años que desnudo se adentraba en el lugar que yo acababa de dejar. No sé porque me quede mirándolo por unos segundos con gratos ojos. Y eso que, en mi imaginación, pensé que ambos iban buscando cuerpos de hombre en el calor de la tarde. Ya en la playa del Barronal comprendí su mengua de arena, era el viento que quería poseerla con tanta fuerza que la rompía en mil pedazos hirientes no solo para ella, sino para los que la amábamos desde sus tibias y cálidas bondades.

Busqué un sitio y me acomodé a gozar del momento. Al cabo de unos pocos minutos, volvió el hombre desnudo que me encontré entre los escollos de piedra con una sombrilla en las manos, tumbándose en su toalla que estaba muy cerca de donde yo había puesto la mía. A su lado un matrimonio andaluz, al otro lado un madrileño que parecía inquieto sentado en su hamaca, tanto que se levantaba una y diez veces, paseando por la orilla, o entablando conversación con muchos de los que allí estaban.

La verdad es que me abstraje de todo, disfrutando el momento con felicidad y goce. He dicho que me abstraí de todo, ¿verdad?, pues miento, porque aquel hombre que me encontré desnudo entre el camino de las dos playas me tenía cautivado y no sabía por qué, a no ser por llevar barba, y tener vello en su cuerpo, que al fin y al cabo son el tipo de hombres que me gustan, aunque en realidad irradiaba un magnetismo que me llevo a creer que acabaría conociéndole, entablando conversación con él.

Soy consciente que él me miraba también como hacemos todos en la playa, sea tumbado en la toalla, sea cuando levantaba la vista del libro que leía o al mirar como distraído mientras yo meditaba sentado en la posición del loto. Me sentía observado por él y, me gustaba que sus ojos me mirasen de vez en cuando.

El sol caminaba despacio hacia el oeste, apagando su luz en la playa. Los bañistas se iban marchando tras recoger sus cosas. Parejas, familias o gente sola caminaban hacía el interior de la tierra desandando el camino de arena. Tanto el madrileño como el matrimonio andaluz, se despidieron del hombre con una exigua conversación.



Al final de la tarde, quedamos cuatro hombres solos, dos en cada extremo. El sol quedo oculto por las montañas y decidí marcharme. Lo mismo debieron pensar los otros dos chicos, primero el que vestía camiseta azul eléctrico y pantalón de baño verde, a unos pasos de él, el otro con bermuda blanca y camiseta negra, y después yo. Tan solo se quedó el hombre que me atraía. Al pasar por su lado, inconscientemente, de mi boca salió un hasta luego, que él contestó con las mismas palabras. Fueron unas palabras extrañas para quienes no se volverían a ver.

Mientras me marchaba, me decía lo tonto que había sido por no haberle dado conversación cuando había visto que hablaba con otros nudistas. Sin duda mis miedos me atenazaban de nuevo. Parecía no tener remedio la situación, aunque en mi interior un palpito me decía que volvería a verle, pero eso lo dejo para otra entrada del blog, porque le he escrito una carta para publicar aquí, en la que le recuerdo hermosos momentos vividos sin estar escritos de antemano.

El verano del 2014 se marchó dejando en mi la huella de un hombre, cuyo recuerdo estará al lado de aquel que me susurro bellas palabras al oído un mes de septiembre de hace cinco años. ¡Barronal!, playa de inquietudes, deseos y grandes goces.



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viernes, 19 de septiembre de 2014

Cálido septiembre


Por donde voy todo el mundo habla del excesivo calor y de las ganas que tienen que llegue el fresquito. En cambio, a mi me gusta este tiempo, con su temperatura más suave, con ese solecito que calienta nuestra piel, o estas noches en las que uno puede aún sentarse cómodamente en la terraza de un restaurante o bar a tertuliar con los amigos o la pareja. Al menos me dan las tantas entrando en la madrugada, que se me da muy bien eso de conversar de lo divino y de lo profano.

Pero sin duda, lo que más me gusta es poder disfrutar aún del agua, sea en la piscina o en este mar que nos baña con caricias muy nuestras. Poder ir a la playa desmasificada, disfrutando de la soledad de la arena o del silencio compartido con aquellos que buscan los mismo que nosotros, es como un privilegio que podemos vivir los que habitamos cerca de sus aguas.

Ayer mismo pude gozar en toda plenitud de ellas, del agua de mar. Estaba estupenda, apetitosa, un poco revoltosa pero suave y acariciadora. La playa se hallaba sin agobios, aquí y allá salpicada de hombres y mujeres que en su desnudez buscaban relajarse deleitándose con la calidez de la arena. Una chica estaba sentada en la orilla, con las piernas extendidas, dejando que la penetrasen las olas al romper sobre la arena. Estuvo mucho tiempo así, recreándose con la rompiente del agua, complacida y encantada. 

Y las olas acariciaban su piel. Pintura de Manuel Castro Báez
He de reconocer que me gusta esa sensación de que el agua salte hacía ti, de que te llene con su espuma blanca, dejando pequeños granos de arena en la piel mojada. Es gozar de lo más gozable.




Solo me complací una hora, porque el trabajo esperaba, pero ese tiempo me supo a profunda gloria, como diría Séneca a los deleites del sabio, que sabio es aquel que goza con aquello que le ofrece la vida, aunque sea en una secuencia. 

Estos días también he disfrutado del agua dulce y clorada de la piscina haciendo unos largos, sentado en sus escalones o imaginando que hacer si hubiese compartido tanta agua con mi mujer o un buen amigo que nos aliente las ganas de placer oculto, que, aunque uno este apartado de ello no puede dejar de fantasear con momentos apasionados como este de la fotografía de abajo.



Si tenéis la oportunidad de seguir disfrutando del verano hacedlo, que en un pispás nos llega el otoño con sus doradas hojas sobre la tierra mojada. Hermosa estación también, pero sin la calidez del verano.



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martes, 9 de septiembre de 2014

¿Un retorno alegre o depre? Tú decides.




Muchos días sin pasarme por aquí. Demasiados tal vez, o tal vez no, que de vez en cuando viene bien dejarse vaciar de ciertas secuencias. Todo tiene su momento, su espacio, su palabra, y ahora llega el instante de volver a retomar los rostros de la vida, de mi vida, de la que comparto con todos vosotros.

¡No!, no es una vuelta a la rutina. Hace tiempo que deje de codearme con ella. Es un ir y venir a mi tiempo sea agosto, enero o marzo. Aunque, a decir verdad, cuesta ser como uno es, porque para la mayor parte de mis amigos y familia, estos días parecen de vuelta a la rutina diaria, unos antes y otros más tarde, pero vuelven casi a un mismo tiempo, incluso los que desgraciadamente no tienen trabajo o están jubilados, parecen ver en septiembre una vuelta a los hábitos de siempre. Esto es, reencontrarse con el trabajo, la cervecita con los amigos, la apertura de los colegios, las clases de yoga, el gimnasio y mil cosas más que nos atan al ser de los demás. Y lo que es peor a las prisas por vivir una vida que no es la nuestra.

Ahí es donde fallamos, en que nuestra vida no debe ser una rutina por alcanzar más y más, sino el ir descubriendo un mundo de sensaciones que nos haga plenamente felices. Una libertad que parece estar llena de renuncias, aunque para mi sean logros al vivirla según la naturaleza.

Si crees haber vuelto a tu rutina, no te enfrentes a ella con desanimo, hazlo con el corazón contento y alegre, verás cómo te hará sentir otra persona, abierta a la vida.









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MANOS ENTRELAZADAS

Hay momentos en los que la intimidad alcanza un lugar al que el sexo nunca puede llegar. Momentos en los que no hace falta desear el cuerpo ...