Hacía tiempo que no me sentía así.
Quizás, son demasiados espacios sin sentir mi virilidad enhiesta en los labios
de un amigo, tantos, que han generado que esta noche necesite placeres de
cuerpo que yo mismo me prohibí. Hoy no quiero abrazos ni caricias, solo placer
de hombres.
Necesito tu boca en mi sexo. Tus labios
rodeando el glande, lamiendo su sonrosada piel en pequeños círculos,
arrancándome gemidos de placer. Me gusta que detengas tu lengua en su boca,
entrando en su interior. ¡Excitante!, tan placentero que parezco romperme en la
intimidad de nuestros rostros.
Te apartas llevándote contigo unas
liquidas gotas que son anuncio de que tu boca me sublima hasta lo más profundo.
Los párpados bajados como señalando que absorbes lo mejor de mi para que forme
parte de ti. Me siento como un dios llevado por tus labios al parnaso para que
gocemos juntos de sus lujuriosas mieles.
Vuelves a acercarte aprisionando con
avidez mi fuerza. Tus ojos me miran con tantas ganas, buscando el placer en los
míos, que parecen convocar el frenesí de las alturas con la complicidad de
nuestros márgenes. Con tu mano agarras mis testículos como queriendo retener
los laureles que guardan en su interior.
Es entonces cuando me enajenas con la
lengua que lame y juega, que relame, acaricia y repasa cada secuencia de piel. Enardeces
mis sentidos con tanta placidez que mi excitación es cada vez mayor entre tus
manos.
Ya se percibe el jadeo que anuncia la blancor del orgasmo. Exaltado de placer me ofreces tu boca para sembrar en ella la delicia del momento. Esta noche necesito tus labios para derramarme en espasmos que son goce de nuestro tiempo, el que habitamos desde los sueños.
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