No parece ser primavera. El cielo
gris, las gotas de lluvia que pugnan por salir de las preñadas nubes, los dedos
del viento que acarician mi nuca. Camino con paso afanoso hacía casa. Apetece
rebujarse entre sábanas y un café caliente buscando entre sus pliegues la piel
de otro, aunque la cama de al lado este vacía. No es tiempo de playa, calle o
pinada, pero si de ser felices alejándose de la multitud con el deseo puesto en
un abrazo.
Aquí, tumbado con un asa en la
mano y un negro sabor en los labios, repaso lo que ha dado el día. Más bien lo
que ha pasado en un chat de internet. De nuevo alguien me pide una foto. De
nuevo le digo que no puedo. De nuevo añado que es una promesa hecha a mi mujer.
De nuevo les comprendo. De nuevo acepto y pido que me borren. De nuevo el
silencio al otro lado. De nuevo alguien que aprecias desde la ausencia de la
distancia se pierde en una red de hilos y ondas. De nuevo te dices que es mejor
así.
A menudo ignoramos que tenemos el
bien supremo al lado. Que lo que parece doler en un principio es lo mejor que
nos puede pasar. No hemos de abandonarnos a las penas, a lo que los demás
demandan de nosotros, sino a lo que nos ennoblece. Como dice Séneca, “El bien
supremo es lo que es honesto. Una sola cosa es el bien: lo que es honesto; los
demás bienes son ficticios y adulterinos”.
Ser honesto me hace feliz. Es lo
que me mantiene vivo, porque es como soy.
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