Martes de otoño recién llegado,
tanto que olía como a pan caliente en la tahona de las estaciones del año.
Había llegado en la madrugada con el sigilo de un sueño entregado, sin parecer
que mudábamos de estación.
Pronto amaneció por lo que me preparé para descender hasta mis playas más soñadas, las que están recónditas, ocultas para el que no es intrépido. Dispuse todo con el esmero de algo deseado, anhelado en años. Como la bajada es muy pronunciada, pensé que unas buenas zapatillas de montaña serían más adecuadas que unas de agua. Era tan temprano que tuve que cubrir mi cuerpo con una sudadera. Pero allí estaba aparcando el coche y ascendiendo por la playa del Barronal para llegar a sus calas tras bajar por una difícil y bastante arriesgada pendiente de roca y arena.
Pronto amaneció por lo que me preparé para descender hasta mis playas más soñadas, las que están recónditas, ocultas para el que no es intrépido. Dispuse todo con el esmero de algo deseado, anhelado en años. Como la bajada es muy pronunciada, pensé que unas buenas zapatillas de montaña serían más adecuadas que unas de agua. Era tan temprano que tuve que cubrir mi cuerpo con una sudadera. Pero allí estaba aparcando el coche y ascendiendo por la playa del Barronal para llegar a sus calas tras bajar por una difícil y bastante arriesgada pendiente de roca y arena.
Al verlas las examiné con ganas, posando mis ojos
en ellas con avaricia, deseo y anhelante voracidad. Aquel lugar era la vida, el paisaje
de mi vida. Dejé todos mis enseres en un rinconcito bajo una pared de roca
lamida por los años. ¡Todo!, hasta la ropa, para totalmente desnudo pasearme
sin prisas por sus orillas, jugando con las olas que rompían con delicadeza
para abrazar a su arena ya cálida por el sol que le daba generosos reflejos.
Entré en sus aguas con
estremecimiento, pero agrado por la recompensa de tan maravilloso encuentro.
Buceé, nadé, floté y me dejé llevar por la corriente hasta que el mar me dejó
en la arena, recostado en la rompiente, saboreando con tanta intensidad el
momento que me sentí tremendamente feliz.
Ya de pie, el sol fue secando mi
cuerpo con ganas. Así, desnudo, me senté en la arena en la posición del loto
para que la energía de aquel lugar penetrase en mí dorada, exultante,
magnetizada por la vida, por el poder de Dios y mi propio deleite. Medite así
un buen tiempo, llenándome de la mágica energía que irradia el lugar, como
diría Séneca, la contemplación del universo eleva y satisface el espíritu, y
eso es lo que hacía yo elevándome por encima de todo y todos.
Energizado con tanta hermosura me
levante de nuevo. A lo lejos percibí la figura de un hombre que caminaba hacia
mí. Hasta ese momento me encontraba rodeado de soledad y silencio. Sus pasos le
acercaban vestido de oscuro, con un bastón de senderismo en la mano, tocado con
sombrero y una pequeña mochila de la que pendía un botellín de agua. Saludo con
una sonrisa que le lleno la boca, para seguir su camino que habría de llevarle
por donde descendí tiempo antes.
De nuevo solo, un pensamiento
cruzó mi mente con tanta rapidez que no le di tiempo a repensar. En un segundo
me encontré cumpliendo una fantasía, correr desnudo sobre la arena mojada,
dejando que mis pies se perdiesen en gotas de agua y mi pene se balancease al
ritmo de mis pasos.
Cruce una cala, y luego otra, y
otra y otra. Y volví sobre mis pasos hasta cruzarlas de nuevo. Me sentí tan
pleno, tan vivo con tanta despreocupación y placidez que sentí que la vida era
mía. En todo el tiempo no hubo ningún nudista, nadie que perturbara mi sueño,
tan solo aquel senderista que me sonrió con calma. Curioso, porque al día siguiente
cuando volví a la misma hora, había unos cuantos nudistas en tan ocultas,
secretas calas, que se fueron incrementando a lo largo del día. Sin duda, aquella
primera mañana de otoño quisieron por unas horas ser solo mías.
Goce y disfruté hasta el
infinito, con la fuerza de aquel lugar hasta que a media mañana reemprendí el
camino de vuelta, ascendiendo con la mochila a la espalda y el cuerpo desnudo,
dando rienda a otra actividad que me apasiona, el senderismo nudista.
Fotografía de Juan Merkader |
Caminé hasta un tronco varado. Sentado en su piel de madera me perdí en el color del mar y del cielo, azules con la intensidad que les daba la naturaleza. Escuché a mi corazón, a mi tiempo bello, a mis pasos sobre la vida, sentí mi alma, y comprendí aún más profundamente que hasta ahora, que mi camino va acompañado de los pasos de una mujer que es mi verdadera felicidad.
Fotografía de Juan Merkader |
Era la hora de irse, de dejar que
otros la gozasen. Me esperaba el abrazo de un amigo y su sonrisa más
complice.
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Las fotografías proceden de Internet, y no se cita al autor
por no indicarse en el lugar de origen su autoría y procedencia.
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inmediatamente
Tu y tus playas, que envidia me das, puñetero :)
ResponderEliminarUn abrazo, como siempre...
PD ( oye, ¡que buenorro está el Edu Boxer!, creo que tengo una afición nueva, jaja )
Han sido unos días hermosos llenos de sol y mar. Otro abrazo para ti. Veo que compartimos otra afición, jejejeje.... maravillosa afición.
EliminarAy, qué suerte tener la playa tan cerca para poder seguir yendo en otoño.
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