martes, 3 de noviembre de 2026

LA BOLA NEGRA. CUANDO EL CINE SE CONVIERTE EN ARTE




El sábado fui a ver La bola negra, de los Javis, y salí del cine con una sensación un tanto contradictoria. La película me pareció larga, por momentos incluso algo aburrida, y reconozco que hubo muchos instantes en los que deseaba que terminase. Sin embargo, si alguien me preguntase si me gustó o no, respondería sin dudarlo que sí.


Y es que hay películas que no se pueden valorar únicamente por lo que nos entretienen o por las emociones que despiertan mientras las contemplamos. Algunas son como las obras de arte que encontramos en un museo, podemos admirar su belleza, reconocer su calidad y descubrir en ellas significados profundos, aunque no siempre consigan emocionarnos. El arte tiene precisamente esa particularidad, no todos lo sentimos ni lo interpretamos de la misma manera.


La bola negra tiene planos de una belleza extraordinaria, imágenes que parecen auténticas pinturas y momentos en los que el lenguaje cinematográfico adquiere una dimensión casi poética. Hay escenas que invitan a detenerse, a observar y a buscar aquello que se esconde detrás de lo que estamos viendo.


La película nos habla del amor entre hombres, de los sentimientos que durante generaciones tuvieron que permanecer ocultos, de la incomprensión, del rechazo social y de las dificultades para vivir libremente aquello que nace de lo más profundo del ser humano. Pero también nos habla, a mi entender, de la necesidad de aceptarnos, de reconciliarnos con nuestra propia identidad y de encontrar esa paz interior que tantas veces buscamos a lo largo de la vida. Algo que quienes somos bisexuales vivimos muy de cerca.


Y, sin embargo, de toda la película hubo un momento que sí consiguió emocionarme de verdad. Es la escena del camión que transporta a los presos hacia el lugar donde van a ser fusilados. Allí están Rafael y Sebastián, sentados uno junto al otro. En medio de ese miedo y de la certeza de que quizá les quedan muy pocos minutos de vida, Rafael acerca su pierna y roza suavemente la rodilla de Sebastián. Este, casi imperceptiblemente, responde rozando su pierna con la mano.


Puede parecer un gesto insignificante, apenas un contacto entre dos cuerpos. Pero a mí me pareció una demostración impresionante de amor y entrega. En un momento en el que todo les ha sido arrebatado, todavía les queda la posibilidad de buscarse, de sentirse cerca y de transmitirse cariño sin necesidad de pronunciar una sola palabra. No hacen falta grandes declaraciones ni gestos heroicos. A veces, el amor se manifiesta precisamente así, en un roce, en una caricia discreta, en la necesidad de no sentirse solo cuando todo parece perdido.


Entre sus imágenes simbólicas destaca la presencia de la nieve, que personalmente interpreté como una metáfora de purificación y de encuentro con algo trascendente. Sin embargo, aunque pude encontrarle ese significado, reconozco que la secuencia no consiguió transmitirme una emoción especial. Y quizá ahí esté también la riqueza del arte, en que una misma imagen puede conmover profundamente a unos espectadores y dejar indiferentes a otros.


Desde mi particular manera de entender el cine, habría agradecido una narración algo más breve, pero eso no me impide reconocer el enorme trabajo artístico y la sensibilidad que hay detrás de esta película. Javier Calvo y Javier Ambrossi han construido una obra ambiciosa, llena de matices, que va más allá de contar una historia y que invita a reflexionar sobre la libertad, el amor y la propia condición humana.


Al final, me quedo con esa curiosa contradicción que experimenté al salir del cine. Había visto una película que por momentos me había resultado pesada, excesivamente larga, pero también había contemplado imágenes de una belleza extraordinaria y una historia que merecía ser contada.


Porque no todas las obras de arte tienen que gustarnos de la misma manera, ni todas tienen que emocionarnos para que sepamos reconocer su valor.


Y eso es, precisamente, lo que me ha sucedido con La bola negra. Una película que quizá no volvería a ver entera, pero que, sin duda, me alegro de haber visto.

LA BOLA NEGRA. CUANDO EL CINE SE CONVIERTE EN ARTE

El sábado fui a ver La bola negra , de los Javis, y salí del cine con una sensación un tanto contradictoria. La película me pareció larga, ...