Desde aquel día en la cala, las incertidumbres se
agolpaban en mi cabeza martilleándome con una sola palabra ¿por qué?
Nunca me había fijado en un hombre, nunca había
sentido atracción física, es más, me repelían, incluso me daba asco más de uno
con su falta de modales e higiene. ¿por qué ahora?
Así que comencé a buscar en mi subconsciente hasta
dar con mi fascinación por el arte, y como no, por el canon de belleza clásico.
En el BUP, un profesor de arte nos aleccionó sobre la belleza de la estatuaria
griega masculina, resaltando sus proporciones por encima de la femenina.
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Doríforo de Policleto. siglo I a. de Cristo.
Museo Arqueológico de Nápoles
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En realidad, las esculturas que personifican a
mujeres, aunque proporcionadas, nos trasladan a féminas más bien robustas y sin
sensualidad, de ojos grandes, nariz afilada, cabello ondulado detrás de la
cabeza, y los senos pequeños y torneados. En cambio, el ideal masculino estaba
basado directamente y exclusivamente en los atletas y gimnastas, puesto que a los
atletas y a los dioses se les atribuían cualidades comunes: equilibrio,
voluntad, valor, control, belleza.
Los artistas griegos y romanos fueron los que
suministraron el estándar para la belleza masculina en la civilización
occidental. De este modo el ideal de belleza fue definido como un hombre alto,
musculado, de piernas largas, pelo fuerte y poblado, frente alta y amplia como
signo de inteligencia, ojos de juego amplio, una nariz enérgica y perfil
perfecto con una boca pequeña y una mandíbula poderosa. Esta combinación de elementos
impresionaba la mirada impregnándola de hermosa masculinidad.
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Discóblo de Mirón. S. I a. de Cristo. |
Aquellas palabras las guardé en mi interior, y en
base a ellas discutí muchas veces con amigos. De entrada, ellos no entendían
como podía decir que era más bella la estatua del Discóbolo de Mirón que la de
la Venus de Milo. Les pedía que desnudasen a ambas también de todos los deseos,
de su machismo, de todas las connotaciones sexuales,
y que solo mirasen, que decidieran con
los ojos del arte. Entonces, todos me daban la razón.
De entre todas, la discusión más fuerte la mantuve
con mi mujer en el Museo del Prado una mañana de invierno, de ello hace más de
diez años. Era extraño que una mujer de su sensibilidad e inteligencia
admitiese como más bella la escultura femenina, y encima siendo mujer. Puse
tanto empeño en mis explicaciones que al final cedió, porque sus ojos miraron
con la visión del arte. Ahora comprendo el porqué de su terquedad, tanto
énfasis por mi parte le dio miedo a que su marido viese tan bellas obras con
los ojos del deseo.
Así, poco a poco, aprendí a reconocer la belleza del
cuerpo masculino. Pero quedaba en eso, en admirar la belleza de una obra de
arte, nada más, o al menos eso creía.
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Venus de Milo. Museo del Louvre Paris |
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