Estos días he leído una entrevista al escritor valenciano Máximo Huerta en un periódico español. Su obra se caracteriza por una prosa íntima y accesible que explora las emociones cotidianas, la memoria y las relaciones humanas con sensibilidad y tono confesional.
La entrevista es muy interesante, con un titular que te atrapa: “El fútbol es homoerótico, igual que el rito de vestir al torero. No me creo que ahí haya tanto hetero”. Y, sinceramente, cuesta no darle la razón.
Porque quizá el problema no es el fútbol, ni los toros, ni los vestuarios. El problema es la necesidad casi obsesiva de algunos hombres de reafirmarse como muy heterosexuales mientras consumen, sin cuestionarlo, una estética profundamente centrada en el cuerpo masculino.
Ahí están los partidos. Cámaras que recorren muslos tensos, primeros planos de cuerpos sudados, celebraciones donde los abrazos son más largos de lo necesario y los gestos más intensos de lo que exige el juego. Y, sin embargo, todo queda blindado bajo una coartada incuestionable, el deporte.
Ahí está también el rito del torero. El traje que no oculta, sino que subraya, que dibuja cada línea del cuerpo con una precisión casi escultórica. Un espectáculo donde la mirada, también la masculina, no solo observa el valor, sino la forma en que ese valor se encarna.
Luego están los vestuarios. Ese territorio ambiguo donde la desnudez convive con una especie de pacto tácito de ceguera selectiva. Siempre me ha llamado la atención ese fenómeno con hombres que, sin necesidad real, se quedan, conversan, alargan su presencia mientras otros se duchan o se cambian. Como si hubiera algo en ese espacio y en esa exposición del cuerpo, que atrae, aunque no se nombre.
Y si salimos de esos espacios codificados, la escena no desaparece, simplemente se desplaza. Basta con observar lo que ocurre en la playa. Cuerpos expuestos bajo la excusa del verano, miradas que recorren sin pedir permiso, comparaciones silenciosas, curiosidades que se detienen un segundo más de lo esperado. Pero eso merece su propia reflexión.
No se trata necesariamente de deseo, al menos no en el sentido más evidente. Se trata de algo más incómodo, la evidencia de que la mirada masculina hacia otros hombres no es tan neutra como se pretende. A estas alturas de mi vida, se con certeza que existe una curiosidad, una atención, incluso una fascinación, que desborda las etiquetas simples.
Quizá por eso incomoda tanto admitirlo. Porque reconocer esa dimensión homoerótica no obliga a redefinir la orientación de nadie, pero sí a cuestionar una idea muy rígida de lo que significa ser hombre. Y ahí es donde muchos prefieren no mirar demasiado.
O, mejor dicho, seguir mirando… pero sin decirlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por compartir este viaje