martes, 28 de julio de 2026

EL VÉRTIGO DE DAR UN PASO MÁS




Atardece. Es esa hora en la que el ruido baja y la cabeza se deja llevar por los colores de la tarde y el revoloteo de los pájaros que se acercan a beber a la fuente. Pienso, reflexiono, doy vueltas a las cosas... tal vez demasiadas. Incluso miro el horizonte a través de los prismáticos, buscando una señal, un punto de referencia que me recuerde cuál es el siguiente paso en este viaje.


Este verano se está removiendo algo en mí.


Dicen que vivimos un tiempo de cambios, de ser sinceros con nosotros mismos, de buscar nuestra verdad. Y, casi sin darme cuenta, este mes de julio me he encontrado haciéndome preguntas que creía resueltas. Intento distinguir qué nace del deseo y qué nace del miedo; qué responde a una necesidad real y qué es solo el vértigo de abandonar la zona conocida.


Hace unos días surgió una invitación inesperada: pasar una tarde en una piscina, practicar nudismo junto a otros hombres, compartir un espacio donde el cuerpo deja de ser un disfraz y se convierte, simplemente, en presencia. Algo que suelo hacer en la playa. Sobre el papel parecía una experiencia más dentro de este camino de descubrimiento. Sin embargo, en cuanto imaginé la posibilidad de decir «sí», el miedo volvió a sentarse a mi lado.


Hablo con personas que me atraen. Conversaciones que fluyen, complicidades que surgen casi sin buscarlas. Pero cuando aparece la posibilidad de dar un paso más, aparece también esa voz que pregunta si merece la pena. No es un miedo fácil de explicar. No sé si es miedo a cruzar un límite, a romper un equilibrio que tanto ha costado construir o, simplemente, a descubrir que la realidad no se parece a la fantasía.


Hay momentos en los que siento que este viaje, el de un hombre casado que decidió mirar de frente su bisexualidad, ha llegado a una encrucijada. No porque se haya terminado, sino porque empiezo a preguntarme si debo seguir recorriéndolo por el mismo camino o atreverme a abrir la puerta a nuevas sensaciones, nuevas experiencias y, quizá, nuevas formas de entenderme.


Quizá el reto no sea ir a esa piscina. Ni aceptar o rechazar una invitación. Quizá el verdadero reto sea entender por qué algo que deseo también me asusta. Qué parte de mí quiere avanzar y qué parte sigue necesitando protegerse.


No tengo respuestas cerradas. Y quizá ese sea precisamente el sentido de este blog. No contar un destino, sino compartir un camino. Un camino en el que descubrirse implica aceptar que uno cambia, que las certezas se mueven y que abrirse a nuevas posibilidades no significa renunciar a lo vivido, sino integrarlo en la persona que eres hoy.


¿Qué hacer? No lo sé todavía. Pero cada vez tengo más claro que la peor decisión sería dejar de escucharme por miedo a lo que pueda encontrar. Porque, al fin y al cabo, este viaje nunca ha consistido en llegar a un lugar, sino en atreverme a caminar con honestidad.

EL VÉRTIGO DE DAR UN PASO MÁS

Atardece. Es esa hora en la que el ruido baja y la cabeza se deja llevar por los colores de la tarde y el revoloteo de los pájaros que se ac...